La ausencia del Cholo
Zulema entró en una rutina melancólica, con solitarios y frecuentes episodios de llanto. La ganó el remordimiento y enojada, abandonó a Homero. Bajó de peso inquietando a sus clientes. Maltrató a su empleada, que la soportó sólo porque necesitaba el trabajo. Hasta el Puqui se resintió con ella porque ya no le hacía una caricia.
Pasó el tiempo, la vieron sola, y comenzaron a decirle cosas en la calle. En una esquina rosada los ociosos, cuando volvía a la noche de la peluquería los solos, en la carnicería el carnicero, en la feria los feriantes. Con respeto pero con picardía algunos, otros con mas picardía que respeto y sólo con picardía los demás. Y ella sonreía a los primeros, era indiferente a los segundos y se enojaba con los terceros. Y poco a poco, esta especie de selección se fue haciendo más seria a medida que la soledad le asediaba y tomaba por asalto. Así, cuando mas seria era la elección, mas les sonreía a los Pretendientes, pues a esta altura ya podemos nombrarlos así, y más indiferencia y enojo les demostraba a los otros, hasta que transcurridos unos cuantos meses, ya madura la situación, tomó la resolución: TENIA QUE CONSEGUIR UN HOMBRE.
Al parecer, la situación también estaba madura para los pretendientes ya que de una forma u otra comenzaron a apretar el cerco. Y al decir que la situación estaba madura para ellos tenemos que conocerlos un poco. De la selección en base al respeto, Zulema había elegido tres Pretendientes que según su modo de ver, podrían llenar medianamente su soledad, ya que no tenía para ella una importancia fundamental el factor afectivo. En realidad, su ex compañero no había desaparecido de su mente, y es más, siempre con su obsesión homérica fabulaba retornos épicos del Cholo. Esta contradicción entre sus sentimientos y la realidad de su vida solitaria fue resuelta finalmente pensando en esta última -no sin muchos cabildeos- fundamentalmente porque veía venir los años en tropel, a esa velocidad con que corren después de los cuarenta y tantos. Pero volvamos a los Pretendientes.
Don Juan, el decano, era el dueño de la carnicería del barrio; cincuenta y cuatro años, italiano, viudo por obra de una media res que se cayó del gancho; no era muy elegante con sus rasgos gruesos y sus ademanes toscos, pero Zulema lo creía culto y respetuoso. En realidad, ni todos los piropos que decía eran tan respetuosos, ni tan santos eran los lugares de que hablaba; lo que sucedía era que Don Juan hablaba un cerrado dialecto mezcla de su lengua natal, lunfardo adquirido durante su permanencia en Buenos Aires y algunos aportes autóctonos, que Zulema llegaba a interpretar -esforzándose- apenas un veinte por ciento. El origen de su relación era, obviamente, la carnicería y algunos mates que Zulema le había ofrecido en la puerta de la peluquería, además de una única invitación al cine del barrio que no se repitió por las pesadas bromas de los chicos y el chismorreo de las mujeres, que al no poder manifestarse en la peluquería, se le fué de las manos a Zulema, hábil digitadora de chismes.
Don Juan, entre chanza y chanza había llegado a declarársele reemplazando el romanticismo con una practicidad de comerciante, diciéndole que si sumaban las ganancias, multiplicando sus prestigios con un nuevo estado civil, una. vez restados los gastos podrían dividir las ganancias y encontrar la raíz de una buena convivencia y además convertir al matrimonio en la potencia comercial del barrio. Esta declaración repleta de operaciones aritméticas le gustó a Zulema, que también era comerciante y que nunca había recibido mucho romanticismo de parte del Cholo. Por eso también fue que sintió un cosquilleo raro en la boca del estómago cuando Luis, el segundo pretendiente, la paró en una esquina a la nochecita y con temblorosas palabras le pidió que emprendieran juntos el espinoso camino de comprensión y amor que los llevaría al altar.
A ella le pareció que ese lenguaje se acercaba mucho más a su limitada pero intensa experiencia literaria, y le gustó. Claro que Luis no le podía ofrecer los mismos beneficios materiales que la cuasi operación comercial de Don Juan, pero le gustaba ese componente para ella nuevo y además, su timidez. Después de la declaración, pasó casi una semana sin volver a hablarle y hasta esquivándola en la calle, lo cual en un principio le preocupó, pero luego se dio cuenta que él estaba avergonzado y temeroso de su respuesta. La mujer, como en el caso de Don Juan, omitió contestarle y hasta gozaba como quinceañera viéndolo sufrir a diario ante su presencia. Porque aquí tenemos que acotar que Luis era el encargado de un taller que quedaba justo al lado de la peluquería, lo cual hacía que invariablemente se cruzaran a diario.
Luis era un hombre de unos cuarenta y cuatro años, soltero, alto, de pelo renegrido todavía a salvo de las canas coronando una frente despejada, ojos oscuros, nariz aguileña y boca delgada, mirada algo ausente. Su cuerpo flaco algo encorvado y su palidez eran producto de largas horas sobre el torno que manejaba con una habilidad increíble. Pero también era en cierta forma un intelectual, porque en sus habituales momentos de soledad algo leía, pensaba, rebuscaba las palabras justas para definir una situación, y algunas veces en su vida hasta había escrito unos poemas.
La relación con Zulema había comenzado un día que ella fué al taller a pedir que le soldaran el pie de un secador roto, y de allí en mas él, devotamente, se quedaba haciendo algún trabajo después de hora para poder esperarla cuando ella cerraba la peluquería y muchas veces la acompañaba hasta la casa haciendo algún comentario sobre lo peligroso que era para una mujer andar sola por la calle de noche. En realidad, el la conocía desde mucho tiempo antes, pero siempre la miró en silencio hasta que se le dió la oportunidad con el arreglo del secador. Aún así, tuvo que hacer un gran esfuerzo para iniciar la conversación.
Muy distinto era Rodríguez -prototipo del desvergonzado simpático- el tercer pretendiente de la pobre Zulema. Y digo la pobre porque con este candidato llevaba todas las de perder. Vago, vividor, jugador y mujeriego; había sabido disfrazar estos defectos ante Zulema con su única gran virtud: la simpatía. La había engatusado ocultando sus verdaderas intenciones que eran de asegurarse una fuente de ingresos, ya que exprimiendo la pensión de su madre anciana no alcanzaba a satisfacer sus necesidades crecientes. Cómo había llegado Zulema a aceptar entre sus pretendientes a este sujeto, era algo que nadie entendía, y menos Luis que lo aborrecía con todas sus fuerzas.
Habíamos dicho antes de estas descripciones que la situación también estaba madura para los Pretendientes, y ya vimos que se habían producido dos declaraciones formales sin respuesta. La de Rodríguez, que fue la tercera, precipitó la determinación de Zulema ya que intuía que si seguía acumulando pretendientes iba a ser más difícil la decisión. No pudiendo resolver salomónicamente, comenzó a tomar forma en su cabeza una idea coherente con los desvaríos que ya conocemos de ella.
Si Homero fue el causante de mi infelicidad -se dijo- ¿Por que no puede serlo de mi dicha? Y tornó a mover las ajetreadas páginas de su ejemplar de La Odisea. Buscó y buscó alguna situación que pudiera servirle como modelo pero infructuosamente. Por supuesto que la primera que le vino a la mente fue la que mas le había sugestionado de la película, es decir la última cena de los pretendientes en la que Penélope establece, como prueba a superar para casarse con ella, la de armar el arco de Ulises y atravesar con una flecha los ojos de doce hachas alineadas. Pero Zulema, en un primer momento miró desde afuera la escena, e hizo el siguiente análisis: -La gran diferencia está en que Ulises estuvo presente y derrotó a los Pretendientes, pero mi adorado Cholo no pisará ya nunca por aquí- Y así descartó esa posibilidad.
Pero más adelante, al replantearse el asunto, entendió que se había equivocado de punto de vista. No podía mirar la escena desde afuera ya que ELLA ERA PANELOPE; y por lo tanto, ignoraba si el Cholo -digo Ulises- estaba vivo o muerto, cerca o lejos, y hasta se entusiasmó con la posibilidad de que realmente el Cholo pudiera volver para ese acontecimiento. Inmediatamente decidió que por ese lado tenía que encarar su elección, aunque le faltaba un pequeño gran detalle: cual iba a ser la prueba que en última instancia iba a determinar quién sería su compañero.
Evidentemente en este terreno tenía que alejarse de la literatura, ya que la prueba del arco y las hachas presentaba demasiados problemas. El hecho de que Luis descendiera en línea directa de los comechingones del Pueblo de la Toma, no lo habilitaba a manejar dicha arma, y qué decir de los demás. Por otro lado, seria difícil convencer al ferretero para que le prestara doce hachas y comprarlas no estaba al alcance de su monedero.
El problema era difícil. Pasaron varias semanas y no se le ocurría nada que estuviera a tono con la situación. Además, se le complicaron las cosas, porque la leve esperanza de que el Cholo pudiera volver se empezó a agrandar hasta que se dio cuenta de que tendría que forzar de alguna forma la presencia del hombre que se agrandaba en su memoria. Echarse atrás con los Pretendientes no podía, porque había llegado con ellos a un punto sin retorno, pero si podía intentar, conociendo como lo conocía al Cholo, favorecerlo de alguna forma.
Y así fue como se le ocurrió cuál competencia tenía que ser la selectora. Pero no nos adelantemos. Lo primero que tenía que hacer era buscar la forma de que el cuarto de sus mosqueteros (o más bien el primero), estuviera el día elegido, que era el próximo domingo. Urdió un plan en el que participaría Mary, empleada de la peluquería, la cual debía convencer al Cholo de que Zulema estaba muy enferma y de que fuera a verla. Esto lo haría el domingo a las once para que llegara -en el supuesto caso de que lo hiciera- a tiempo para el almuerzo; y una vez en la casa, de alguna forma lo retendría. Lista esta parte del plan, quedaba invitar a los Pretendientes, para lo cual no tuvo ninguna dificultad, ya que los veía a diario.
Hizo sendas invitaciones a almorzar sin agregar detalles sobre las características particulares -particularísimas- del ágape, y cada uno de ellos, convencido de que era el único invitado, se infló como un sapo creyendo que había sido el elegido. En su envanecimiento se olvidaron por completo de que eran tres los Pretendientes, hecho que ninguno de ellos ignoraba. Y mucho menos se les ocurrió pensar en que el convite finalizaría en una insólita cuadrera en la que podía llegar a correr el caballo del comisario.
Completar los preparativos fue sencillo. Zulema dispuso asar medio cordero (tarea que realizaría el esposo de Mary), que tuvo que encargar en una carnicería alejada para no alertar a Don Juan; compró una damajuana de tinto, fruta para el postre y soda. El pan lo compraría la misma mañana del domingo.
La noche del sábado, Zulema casi no durmió pensando en todas las alternativas según las cuales podrían desarrollarse los acontecimientos al día siguiente, pero finalmente, a la inversa de Jaromir Hladík, aquel condenado a muerte de Borges que imaginaba todas las formas posibles de su muerte, para que no sucedieran, ella dejó de pensar posibilidades por miedo a que no se concretaran.
El domingo se presentó caluroso y húmedo. Zulema aprovechó la mañana para limpiar bien la casa y disponer todo lo que hiciera falta para el asador, que empezó a trabajar temprano. A las diez, fue a comprar el pan y de paso a recordar a Mary que buscara al Cholo y le hizo ensayar por última vez el papel que tenía que representar ante el mismo, o sea, fingir la grave enfermedad de Zulema y convencerlo de que tenía la obligación de ir.
Los Pretendientes habían sido exigidos de puntualidad, y tanto cumplieron, que se encontraron los tres en la puerta de la casa. Y fue tan unánime el chasco, que todos intentaron esconder sus presentes; Luis traía un ramo de flores domésticas algo ajadas por el calor ; Don Juan, un lomito de cerdo envuelto para regalo y el tercero, un papel enrollado en donde había copiado una poesía de Béquer que, por supuesto, había firmado con su nombre.
Don Juan puso mala cara; Luis, amagó volverse y fué Rodríguez el que comprendiendo inmediatamente la situación e intentando sacar partido de ella, fingió naturalidad y los invitó a pasar, ganando con eso la primera escaramuza de esa guerra fría.

Bifurcación:
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