El Cholo vuelve, pero nada es para siempre.
Un viernes por la tarde, a la salida del trabajo, el Cholo se descuidó. Zulema, a riesgo de ser reprendida, estaba oculta detrás del ligustro que separaba el jardín de una casa de la vereda, al lado del taller. Al pasar el Cholo ella, en una hábil maniobra, lo sorprendió por detrás, tomándolo del brazo y caminando junto a él de un modo natural, lo que hizo imposible cualquier acción evasiva del sujeto, o mejor dicho, del objeto amado. Los compañeros de trabajo del Cholo, al tanto de los antecedentes, rieron y chancearon divertidos con el mal rato que éste estaba pasando.
Previendo una oportunidad como esta, Zulema había preparado cuidadosamente su estrategia, por lo que fue al grano y directo a donde sabía que podía causar los efectos buscados. No hubo palabras. Una vez fuera de la vista de los graciosos, tomó la cara del Cholo con ambas manos y le chantó un beso de cantera, o sea como para partir piedra. Sus pechos (los de ellos) se juntaron, y de la misma manera que a nivel superior se producía intercambio de fluidos, a nivel de torsos se originó una transferencia calórica que no sólo equilibró rápidamente la temperatura de ambos cuerpos, sino que comenzó a elevarla. Y más abajo, con el roce, sucedió lo que tenía que suceder.
Sin palabras, apurados y abrazados transitaron las dos cuadras que había hasta la casa de Zulema. Ante la urgencia de la situación, obviaron miramientos higiénicos, y así los restos de grasa de litio que aún tenía el Cholo en sus manos, antebrazos y rodillas (usaba bermudas en verano) fue transferida a las mejores sábanas de Zulema, que -éstas si- habían sido primorosamente dispuestas, junto con algunos complementos como un florerito con jazmines de lluvia en la mesa de luz, junto a una estampita de San Antonio, detalles que -por supuesto- el amante pasó por alto no sólo por el apuro del momento, sino también porque carecía de la sensibilidad suficiente como para apreciar esas sutilezas. Pero a Zulema no le importó.
El embarazo vino después. No, no el biológico, sino el psíquico, la turbación, el ¿y ahora qué? Sabiamente, Zulema continuó con la misma estrategia que le había permitido llegar hasta ese punto, que podría sintetizarse en la fórmula 'pocas palabras/mucho arrumaco'. Sostuvo ese espacio de mimo y sensualidad cobijando al Cholo de tal manera que éste se sintió a gusto. Eso si, sin que él tuviera que mencionarlo siquiera, Zulema se cuidó muy bien de hacer la más mínima mención a la épica homérica.
Pero ¡ay! Nada es para siempre. El cosquilleo que significaba la privación de ejercicio fantástico era algo que Zulema no podía soportar mucho tiempo. Y no lo soportó. Comenzó como quien no quiere la cosa, retomando el tejido de aquella vieja bufanda, aseverando que su única intención era el abrigo el próximo invierno del cogote amado, y si dejar que esa actividad le distrajera de la atención de las demandas sicalípticas del Cholo. Apenas si destejía un par de vueltas de vez en cuando, y por supuesto, cuando su hombre no podía advertirlo. El próximo escalón consistió en dar forma a pequeñas manías, que son fácilmente imaginables, y que en realidad, nunca había dejado de realizar. Siempre a escondidas del Cholo.
Hasta que la mañana de un día, más precisamente un domingo, luego de una noche de fiebre, por no decir calentura, no sin algo de alcohol, el Cholo, por efecto de unos ruidos horripilantes, se despertó en una situación insólita: su cuerpo había sido parcialmente erguido en la cama y se encontraba atado -si bien levemente, apenas sujetado con unos retazos de muselina- a una especie de pilar que había a cada lado de la cabecera de la cama. A sus pies, desde el suelo, desnuda y envueltas sus piernas en una tela estampada con escamas (o plumas), Zulema profería desafinadas voces. A todo esto, el Puqui se había escondido a medias bajo una cortina.
Lo insólito se transformó en insostenible. Mientras Zulema aventuraba alguna tímida excusa, el Cholo, sin decir una palabra, soltando los trapos que lo ataban, se levantó en calzoncillos y musculosa y puso la pava al fuego. Vació en el tacho de basura el mate de palo santo que era su preferido, a pesar de las rajaduras, y lo volvió a llenar con yerba nueva. Hábilmente, sacudió el mate boca abajo mientras lo tapaba con la mano. Acomodó la yerba en un plano inclinado que nacía en el borde del mate y llegaba al fondo del lado opuesto. Sin hablar echó un chorrito de agua fría. Metió la bombilla y cebó con la pava, lentamente, en el fondo, hasta que la yerba subió, subió. Dejó reposar el mate mientras se ponía los pantalones, la camisa y las zapatillas. Sentándose en silencio, sorbió suavemente la bombilla, echó un poco más de agua y se tomó el mate despacito hasta que gorgojeó. Apoyó el mate en la mesa, se levantó, miró a Zulema a los ojos y sin decir una palabra, se fue.
Así, sin jamás haber oído hablar de Jaques Prévert, y mucho menos haber leído “Desayuno”, el Cholo, luego de rendirle tributo, desapareció de la vida de Zulema, que lo había seguido hasta la cocina y lo vio partir en silencio, cubriéndose la cara con las manos y llorando.

Bifurcación
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