Los Pretendientes





Zulema



Zulema había sido una mujer atractiva en su juventud, y ahora, a los cuarenta largos (nadie sabía cuán largos) conservaba -algo ajados- atributos que a más de un hombre hacia dar vuelta en la calle. Su larga cabellera algo con claritos, ojos grandes, nariz generosa pero armónica, con una boca firme, conformaban una cabeza agradable sobre un cuerpo delgado y todavía esbelto. El hecho de que la cruel picardía infantil le asignara gran parecido con una perra collie y de que algunos chicos del barrio graficaran esa comparación chasqueando los dedos, silbando y llamándola bajito "Lasi, Lasi,.....", no desanimaba a sus tíos, padres y hasta abuelos para intentar algún piropo en la calle o desde atrás de un mostrador, que ella siempre recibía con una sonrisa reservada y nostálgica.

Su vida se desenvolvía monótona, atendiendo su peluquería en la que no le sobraban clientes. De martes a sábado siempre la misma rutina, dos o tres cortes a la mañana, cuatro o cinco a la tarde. De por medio, charlaba con su empleada Mary, mateando con un matecito de palo santo que le había regalado una clienta, la profesora Lía. Tanto le gustaba el sabor que transmitía la madera, que también compró uno para su casa. Los sábados peinaba hasta bien entrada la noche. Los lunes aprovechaba para hacer las compras en el centro.

Era como dijimos, nostálgica. Nostálgica por un hombre -el Cholo- que había ocupado un trecho largo de su vida, pero cansado de algunas excentricidades la había dejado. De esto hacía ya más de un año y allí estaba el punto de partida para la codicia y la osadía de algunos de sus pretendientes, porque ... ¡si! , tenía pretendientes de variadas características, Pretendientes, así con mayúscula, puesto que ha llegado el momento de hablar de las excentricidades de Zulema.

Una vez, hacía ya bastante, había visto en la televisión dominguera, una película que relataba algunas de las peripecias de Odiseo cuando regresaba a su tierra, incluyendo una escena de la prueba de destreza para los Pretendientes y su posterior muerte a manos de Ulises. Esto influyó notablemente en ella, hasta tal punto que se dedicó a leer y releer una y otra vez La Odisea. Aprendió -y repetía- de memoria largos párrafos, lo cual no hubiese sido causa de problemas de no ser que en su chifladura, se le ocurrió reproducir, o por lo menos intentar reproducir en su vida familiar algunos pasajes de esa historia. Pretendía, por ejemplo, que el Cholo la llamara Penélope, y que él respondiera al nombre de Odiseo o Ulises. Y no teniendo hijos, rebautizó al Puqui, mestizo de tres años, con el nombre de Telémaco, aunque a veces lo llamaba Argos.

Si sus manías no hubiesen pasado de los nombres, tal vez el Cholo se hubiera resignado -aunque a regañadientes- a llevarle la corriente; pero fueron transitando alarmantes brotes cuasi psicóticos, como cuando pretendió que el Cholo usara una túnica (derivada por ella de un viejo vestido) a la hora de la cena. O cuando ella empezó a tejer una bufanda, trabajo que hacía por la mañana, antes de ir a su negocio de peluquería; y por la noche destejía algunas vueltas, no muchas, porque le daba lástima perder lo trabajado, con lo cual la bufanda crecía y crecía junto con la desesperación del Cholo, que hasta veía frustrados sus acercamientos eróticos, porque a la noche Zulema, entre que destejía y releía La Odisea, no le llevaba el apunte. Además el Cholo necesitaba la bufanda porque estaba haciendo bastante frío por las mañanas.

Estos últimos, fueron episodios desencadenantes del primer abandono. Una mañana el hombre salió de la casa como lo hacía todos los días rumbo al taller donde trabajaba. Pero esa tarde no volvió y fueron infructuosos todos los esfuerzos de Zulema por hablar con él, ya que se negaba a salir del taller cuando ella lo buscaba, y cuando lo esperaba a la salida, él se quedaba adentro -un día se tuvo que quedar a dormir- hasta que estaba el camino despejado.


Bifurcación :

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